Desde la infancia, me
enseñaron mis mayores y nuestra religión que existen los ángeles y el
privilegio de tener cada quien, un Ángel de la Guarda, entidad que como su
nombre lo dice, está a cargo de guardarnos de todo peligro, en todo momento.
Que él se aburre cuando no usamos sus servicios y que además hay ángeles para
todo y para todos; que puedes pedir ayuda a los ángeles custodios, por ejemplo,
para que resguarden tus pertenencias en lo que regresas a hacerte cargo; inclusive,
puedes “encomendarles” el cuidado de personas.
Recién vi un vídeo en
el que aparentemente dos ángeles están volando entre las nubes, algo que es un
fraude total y que en YouTube aparece cómo se realizó el truco.
Y como te dije, desde
mi niñez había leído y oído que los ángeles se transforman en personas o al
menos se comunican telepáticamente para inclinar a los humanos a realizar una
buena acción. En varias ocasiones he creído recibir “alertas” a las que no he
hecho caso y he pensado que ello me ha traído algunas consecuencias. Esas
alertas las he interpretado provenientes de los ángeles.
Mi primer recuerdo
acerca de los ángeles es cuando mis padres me llevaron al Santuario de Los
Remedios, lugar situado cerca de la ciudad de México, donde hay una gigantesca
estatua del Arcángel San Miguel, representando su triunfo contra el
innombrable.
Cuando miré la
estatua dije: “miren, “¡ahí está mi amigo Miguel!”. Mis papás y demás
familiares se rieron, risa que no comprendí porque mi expresión era cierta. Lamento que con el
paso del tiempo haya olvidado por qué consideraba al Arcángel San Miguel amigo
mío; y para mí es inexplicable porqué sabía su nombre.
Varias décadas
después, cuando mi sobrino nieto Carlitos tenía cuatro años, estábamos viendo
varias estampas; entre ellas, la del Arcángel San Miguel. Carlitos la separó y me la mostró. Dijo, “este muchacho es el que
cuida mi escuela”. Le pregunté, “¿cómo se llama?”. El niño sólo sonrió. Pregunté a la mamá de Carlitos y a su
abuelita si ellas le habían hablado del Arcángel San Miguel y no recordaron
haberlo hecho.
Puede haber
muchísimas explicaciones para estas experiencias, pero mi corazón se acelera cuando
reparo en esta cuestión.
Una mañana entré a un
local de libros esotéricos. Ahí vi un
letrero que anunciaba un “Curso de Ángeles”, me inscribí y en las clases
aprendí que hay ángeles, arcángeles, principados, virtudes, potestades,
denominaciones, tronos, querubines, serafines y que cada legión tiene tareas
específicas.
Ese curso se desarrollaba
media hora después de mi salida de la oficina, así que me apresuraba para
llegar a tiempo. Una tarde llegué a la clase con atraso. Abrí con cuidado la
puerta para entrar, me senté en el último asiento; mis puntuales compañeros me
daban la espalda. Escuche que la maestra decía: “Estamos rodeados de ángeles”.
Una compañera dijo, “sí, los puedo sentir”.
En mis adentros me burlé de esa expresión diciéndome mentalmente “sí,
¡cómo no!”. Enseguida sentí un roce en mi mejilla derecha, como cuando te pasan
una hoja de papel por la piel, como si sintieras que una mariposa te toca, como
cuando sientes el roce de una pluma de ave … muy sorprendida volteé a mi
derecha, a mi izquierda, me levanté del asiento para ver quién me había tocado
… no vi a nadie. Ninguna persona había entrado después de mí, nadie se había
movido entre los alumnos sentados delante mío… ¿Me tocó un ángel? Cada vez que
recuerdo ese hecho, no consigo explicarme qué pasó.
Dejo constancia de
que sólo te cuento esto a ti, porque me conoces y creo que sabes que no estoy
loca de remate.
Pasado el tiempo,
tuve una fractura en el pie izquierdo. En un enorme hospital me dieron el diagnóstico
y me colocaron una férula de yeso que me cubría desde el pie hasta la rodilla.
Iba sola porque había tenido la seguridad de que se trataba únicamente de un
esguince y que con una venda y medicamentos todo iba a estar bien.
Al salir del consultorio
pregunté por un teléfono para llamar a un familiar. Me dijeron que sus aparatos
solo recibían llamadas. No se habían popularizado aún los celulares o móviles. En
mi desesperación me desorienté y como pude recorrí un larguísimo corredor hacia
la salida, pero me encontré en el lugar donde llegaban las ambulancias. Con
desconsuelo vi la rampa, insalvable para mí en ese momento, misma que conducía
a un extenso estacionamiento. Muy a lo lejos podía ver que había un sitio de
taxis pero, ¿cómo podría llegar hasta allá?
No podía regresar al área de consultorios, además, ¿para qué?
Pedí a Dios Su ayuda,
recordé a mi Ángel de la Guarda y a San Miguel Arcángel. No sabía qué hacer y
estaba a punto de llorar cuando vi que un hombre de baja estatura subía por la
rampa; era también delgado y moreno.
Creí que pasaría de largo pero se detuvo frente a mí. Me preguntó
directamente cómo podía ayudarme. Le pedí por favor que pidiera a un taxi para
mi traslado. Me dijo:
-No pueden entrar
taxis por este lado, esta entrada es sólo para ambulancias.
-¿Podría por favor
entonces llamar a un familiar mío para que vengan por mí?
-Igual, usted está en
un lugar inaccesible. El acceso para las personas está de aquel otro lado.
-Y, ¿por qué usted está
aquí?, le pregunté.
-Es que corto camino
para llegar a mi casa, salto una verja sin que los vigilantes me vean. Vengo de
mi trabajo.
Mi cara debe haber
mostrado la pena que me embargaba ante esa situación. Casi le daba las gracias
porque creí que ya se iba pero él me anunció:
-La voy a llevar
cargando hasta el sitio de taxis.
Dicho y hecho. Me
cargó y con grandes esfuerzos me llevó.
Ya en el taxi sólo
acerté a agradecerle, estrechar su mano sudorosa y mirar su rostro que nunca
más volví a ver. Le extendí un billete que él rechazó diciéndome, “los favores
no se cobran”.
No supe su nombre,
pero cada vez que recuerdo su noble acción, le pido a Dios sus bendiciones para
ese ser tan compasivo, que tanto me ayudó.
De esa experiencia me
quedó la sensación de que ese ser bajito de estatura, morenito, delgadito … era
un ser angelical. Sí, ¡ya sé lo que
estás pensando!
Después de mi
recuperación escribí varias cartas a las autoridades médicas, pidiendo un
mínimo de atención para los pacientes que enyesan. Tengo entendido que ahora no
aplican más las férulas de yeso a personas solas, que prestan muletas e incluso
sillas de ruedas y las ayudan a transportarse. Además, en la actualidad los
celulares son muy útiles en ocasiones como la que pasé.
Hace dos años, a una
joven señora amiga mía le compartí un libro acerca de los ángeles. Al poco
tiempo me envió la invitación para recibir en mi casa a los Arcángeles San
Miguel, San Rafael y San Gabriel. Si aceptas la invitación, debes primero pedir
permiso a nuestro Creador para recibir a sus Arcángeles el día y la hora que se
te indica. Se deben tener preparados un
ramo de flores blancas, tres veladoras, tres manzanas, tres vasos con agua, un
recipiente con sal y otro con azúcar, así como una campana y las imágenes de
tus invitados. A la hora de la bienvenida pronuncias una oración y también, con
tus propias palabras te diriges a estos seres especiales.
Recuerdo que tuve
todo listo para el recibimiento. Me acerqué a la puerta, la abrí y di la
bienvenida a los tres Arcángeles. Sé
bien que estaba en un estado de sugestión, y claro está que no vi a nadie ante
mi puerta pero sentí una emoción fue tan fuerte que lloré de felicidad al creer
recibir a esos seres invisibles, al mostrarles su altar, al dar gracias a Dios
por esos momentos.
Los días que
estuvieron conmigo, fueron muy especiales. Sé que es difícil entender este
ritual, que no todas las personas comparten mi percepción y que si alguien me
hubiera visto y oído dirigirme a “mis invitados”, quizás hubiera querido
llevarme de inmediato al psiquiatra. Pero,
aunque soy una mujer no del todo espiritual, creo en los hermosos milagros de
cada día, que pasan muchas veces inadvertidos; creo en los grandiosos milagros
que la ciencia explica adecuadamente; pero siento en mi interior que los
detalles sucedidos en mi vida acerca de los ángeles, son una llamada a mi
atención hacia cosas que suceden en planos que no puedo ver, pero sí puedo
sentir. Quizás muchas personas se reirán de mí si acaso leen esta historia. Son
contadas las amistades y familiares que me han escuchado y compartido estas
apreciaciones muy individuales mías.
Por cierto, platicando
de este tema con una amiga de la clase de costura, ella me contó que por ir de
prisa para llegar a su trabajo, iba a cruzar imprudentemente una avenida.
Sintió cómo la jalaron del brazo para detenerla. Si eso no hubiera sucedido, un
auto la iba a arrollar. No vio a nadie a su alrededor que se pudiera haber
acercado a impedir el accidente. Ni mi amiga ni yo encontramos explicación a
ese hecho y por nuestra creencia, lo atribuimos a una “experiencia angelical”.
Así, he sabido de
varias experiencias de otras personas y también he conocido el origen de la
creencia en la existencia de los ángeles, sé que muchos otros hechos pueden
explicarse científicamente, sé que la intuición es una gran herramienta para
tomar las mejores decisiones y que se basa en nuestro propio conocimiento, pero
en mi interior he confiado (quizás porque así me lo inculcaron mis padres) en
que pudieran ser avisos angelicales, y he
querido tomarlos en cuenta. Confío asimismo, en mi Ángel de la Guarda, aunque
-desde luego- respeto a quien no concuerde conmigo.
Reconozco la tendencia
que los humanos tenemos: Cuando no encontramos una explicación satisfactoria a
ciertos acontecimientos, los atribuimos al plano espiritual; mas esta tarde,
después de hacer un recuento de cuántos favores he recibido, de la generosidad
y gentileza con la que me tratan mis familiares, amistades, vecinos, compañeros
y conocidos, he llegado a la conclusión de que gozo del privilegio de estar
rodeada de verdaderos ángeles.
A manera de homenaje
a todas esas bellas personas y aunque parezca que no tiene nada que ver, siento
la necesidad de compartir contigo mis experiencias que llamo “angelicales” y
que ya te he contado.
Desde ahora te reitero
que respeto tu opinión y no trato de imponerte mi sentir; pero si al leerme,
algo se mueve en tu corazón, es que, tal
vez -pudiera ser, quizás, probablemente, acaso-
estás siendo tocado por un ángel.

Creo que los ángeles siempre tuvieran una grande importancia en tu vida, amiga. Es un caso de justicia, que les rindas tu homenaje con este texto tan bello. Un besito !!!
ResponderBorrarMuchísimas gracias por tus palabras de aliento. Un abrazo amigo mío.
ResponderBorrar