lunes, 13 de junio de 2016

13 - ASÍ TE CUENTO DE ALGUNOS ÁNGELES






Desde la infancia, me enseñaron mis mayores y nuestra religión que existen los ángeles y el privilegio de tener cada quien, un Ángel de la Guarda, entidad que como su nombre lo dice, está a cargo de guardarnos de todo peligro, en todo momento. Que él se aburre cuando no usamos sus servicios y que además hay ángeles para todo y para todos; que puedes pedir ayuda a los ángeles custodios, por ejemplo, para que resguarden tus pertenencias en lo que regresas a hacerte cargo; inclusive, puedes “encomendarles” el cuidado de personas.

Recién vi un vídeo en el que aparentemente dos ángeles están volando entre las nubes, algo que es un fraude total y que en YouTube aparece cómo se realizó el truco.

Y como te dije, desde mi niñez había leído y oído que los ángeles se transforman en personas o al menos se comunican telepáticamente para inclinar a los humanos a realizar una buena acción. En varias ocasiones he creído recibir “alertas” a las que no he hecho caso y he pensado que ello me ha traído algunas consecuencias. Esas alertas las he interpretado provenientes de los ángeles.

Mi primer recuerdo acerca de los ángeles es cuando mis padres me llevaron al Santuario de Los Remedios, lugar situado cerca de la ciudad de México, donde hay una gigantesca estatua del Arcángel San Miguel, representando su triunfo contra el innombrable. 

Cuando miré la estatua dije: “miren, “¡ahí está mi amigo Miguel!”. Mis papás y demás familiares se rieron, risa que no comprendí porque  mi expresión era cierta. Lamento que con el paso del tiempo haya olvidado por qué consideraba al Arcángel San Miguel amigo mío; y para mí es inexplicable porqué sabía su nombre.

Varias décadas después, cuando mi sobrino nieto Carlitos tenía cuatro años, estábamos viendo varias estampas; entre ellas, la del Arcángel San Miguel. Carlitos la separó  y me la mostró. Dijo, “este muchacho es el que cuida mi escuela”. Le pregunté, “¿cómo se llama?”. El niño sólo sonrió.  Pregunté a la mamá de Carlitos y a su abuelita si ellas le habían hablado del Arcángel San Miguel y no recordaron haberlo hecho.

Puede haber muchísimas explicaciones para estas experiencias, pero mi corazón se acelera cuando reparo en esta cuestión.

Una mañana entré a un local de libros esotéricos. Ahí  vi un letrero que anunciaba un “Curso de Ángeles”, me inscribí y en las clases aprendí que hay ángeles, arcángeles, principados, virtudes, potestades, denominaciones, tronos, querubines, serafines y que cada legión tiene tareas específicas.

Ese curso se desarrollaba media hora después de mi salida de la oficina, así que me apresuraba para llegar a tiempo. Una tarde llegué a la clase con atraso. Abrí con cuidado la puerta para entrar, me senté en el último asiento; mis puntuales compañeros me daban la espalda. Escuche que la maestra decía: “Estamos rodeados de ángeles”. Una compañera dijo, “sí, los puedo sentir”.  En mis adentros me burlé de esa expresión diciéndome mentalmente “sí, ¡cómo no!”. Enseguida sentí un roce en mi mejilla derecha, como cuando te pasan una hoja de papel por la piel, como si sintieras que una mariposa te toca, como cuando sientes el roce de una pluma de ave … muy sorprendida volteé a mi derecha, a mi izquierda, me levanté del asiento para ver quién me había tocado … no vi a nadie. Ninguna persona había entrado después de mí, nadie se había movido entre los alumnos sentados delante mío… ¿Me tocó un ángel? Cada vez que recuerdo ese hecho, no consigo explicarme qué pasó.

Dejo constancia de que sólo te cuento esto a ti, porque me conoces y creo que sabes que no estoy loca de remate.

Pasado el tiempo, tuve una fractura en el pie izquierdo. En un enorme hospital me dieron el diagnóstico y me colocaron una férula de yeso que me cubría desde el pie hasta la rodilla. Iba sola porque había tenido la seguridad de que se trataba únicamente de un esguince y que con una venda y medicamentos todo iba a estar bien.

Al salir del consultorio pregunté por un teléfono para llamar a un familiar. Me dijeron que sus aparatos solo recibían llamadas. No se habían popularizado aún los celulares o móviles. En mi desesperación me desorienté y como pude recorrí un larguísimo corredor hacia la salida, pero me encontré en el lugar donde llegaban las ambulancias. Con desconsuelo vi la rampa, insalvable para mí en ese momento, misma que conducía a un extenso estacionamiento. Muy a lo lejos podía ver que había un sitio de taxis pero, ¿cómo podría llegar hasta allá?  No podía regresar al área de consultorios, además, ¿para qué?

Pedí a Dios Su ayuda, recordé a mi Ángel de la Guarda y a San Miguel Arcángel. No sabía qué hacer y estaba a punto de llorar cuando vi que un hombre de baja estatura subía por la rampa; era también delgado y moreno.  Creí que pasaría de largo pero se detuvo frente a mí. Me preguntó directamente cómo podía ayudarme. Le pedí por favor que pidiera a un taxi para mi traslado. Me dijo:

-No pueden entrar taxis por este lado, esta entrada es sólo para ambulancias.

-¿Podría por favor entonces llamar a un familiar mío para que vengan por mí?

-Igual, usted está en un lugar inaccesible. El acceso para las personas está de aquel otro lado.

-Y, ¿por qué usted está aquí?, le pregunté.

-Es que corto camino para llegar a mi casa, salto una verja sin que los vigilantes me vean. Vengo de mi trabajo.

Mi cara debe haber mostrado la pena que me embargaba ante esa situación. Casi le daba las gracias porque creí que ya se iba pero él me anunció:

-La voy a llevar cargando hasta el sitio de taxis.

Dicho y hecho. Me cargó y con grandes esfuerzos me llevó.

Ya en el taxi sólo acerté a agradecerle, estrechar su mano sudorosa y mirar su rostro que nunca más volví a ver. Le extendí un billete que él rechazó diciéndome, “los favores no se cobran”.

No supe su nombre, pero cada vez que recuerdo su noble acción, le pido a Dios sus bendiciones para ese ser tan compasivo, que tanto me ayudó.

De esa experiencia me quedó la sensación de que ese ser bajito de estatura, morenito, delgadito … era un ser angelical.  Sí, ¡ya sé lo que estás pensando!

Después de mi recuperación escribí varias cartas a las autoridades médicas, pidiendo un mínimo de atención para los pacientes que enyesan. Tengo entendido que ahora no aplican más las férulas de yeso a personas solas, que prestan muletas e incluso sillas de ruedas y las ayudan a transportarse. Además, en la actualidad los celulares son muy útiles en ocasiones como la que pasé.

Hace dos años, a una joven señora amiga mía le compartí un libro acerca de los ángeles. Al poco tiempo me envió la invitación para recibir en mi casa a los Arcángeles San Miguel, San Rafael y San Gabriel. Si aceptas la invitación, debes primero pedir permiso a nuestro Creador para recibir a sus Arcángeles el día y la hora que se te indica.  Se deben tener preparados un ramo de flores blancas, tres veladoras, tres manzanas, tres vasos con agua, un recipiente con sal y otro con azúcar, así como una campana y las imágenes de tus invitados. A la hora de la bienvenida pronuncias una oración y también, con tus propias palabras te diriges a estos seres especiales.

Recuerdo que tuve todo listo para el recibimiento. Me acerqué a la puerta, la abrí y di la bienvenida a los tres Arcángeles.  Sé bien que estaba en un estado de sugestión, y claro está que no vi a nadie ante mi puerta pero sentí una emoción fue tan fuerte que lloré de felicidad al creer recibir a esos seres invisibles, al mostrarles su altar, al dar gracias a Dios por esos momentos.

Los días que estuvieron conmigo, fueron muy especiales. Sé que es difícil entender este ritual, que no todas las personas comparten mi percepción y que si alguien me hubiera visto y oído dirigirme a “mis invitados”, quizás hubiera querido llevarme de inmediato al psiquiatra.  Pero, aunque soy una mujer no del todo espiritual, creo en los hermosos milagros de cada día, que pasan muchas veces inadvertidos; creo en los grandiosos milagros que la ciencia explica adecuadamente; pero siento en mi interior que los detalles sucedidos en mi vida acerca de los ángeles, son una llamada a mi atención hacia cosas que suceden en planos que no puedo ver, pero sí puedo sentir. Quizás muchas personas se reirán de mí si acaso leen esta historia. Son contadas las amistades y familiares que me han escuchado y compartido estas apreciaciones muy individuales mías.

Por cierto, platicando de este tema con una amiga de la clase de costura, ella me contó que por ir de prisa para llegar a su trabajo, iba a cruzar imprudentemente una avenida. Sintió cómo la jalaron del brazo para detenerla. Si eso no hubiera sucedido, un auto la iba a arrollar. No vio a nadie a su alrededor que se pudiera haber acercado a impedir el accidente. Ni mi amiga ni yo encontramos explicación a ese hecho y por nuestra creencia, lo atribuimos a una “experiencia angelical”.

Así, he sabido de varias experiencias de otras personas y también he conocido el origen de la creencia en la existencia de los ángeles, sé que muchos otros hechos pueden explicarse científicamente, sé que la intuición es una gran herramienta para tomar las mejores decisiones y que se basa en nuestro propio conocimiento, pero en mi interior he confiado (quizás porque así me lo inculcaron mis padres) en que pudieran ser avisos angelicales, y  he querido tomarlos en cuenta. Confío asimismo, en mi Ángel de la Guarda, aunque -desde luego- respeto a quien no concuerde conmigo.

Reconozco la tendencia que los humanos tenemos: Cuando no encontramos una explicación satisfactoria a ciertos acontecimientos, los atribuimos al plano espiritual; mas esta tarde, después de hacer un recuento de cuántos favores he recibido, de la generosidad y gentileza con la que me tratan mis familiares, amistades, vecinos, compañeros y conocidos, he llegado a la conclusión de que gozo del privilegio de estar rodeada de verdaderos ángeles.

A manera de homenaje a todas esas bellas personas y aunque parezca que no tiene nada que ver, siento la necesidad de compartir contigo mis experiencias que llamo “angelicales” y que ya te he contado.


Desde ahora te reitero que respeto tu opinión y no trato de imponerte mi sentir; pero si al leerme, algo se mueve en tu corazón, es que,  tal vez -pudiera ser, quizás, probablemente, acaso-  estás siendo tocado por un ángel.

2 comentarios:

  1. Creo que los ángeles siempre tuvieran una grande importancia en tu vida, amiga. Es un caso de justicia, que les rindas tu homenaje con este texto tan bello. Un besito !!!

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  2. Muchísimas gracias por tus palabras de aliento. Un abrazo amigo mío.

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